El escepticismo antiguo: posibilidad del conocimiento



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CAPÍTULO IV

Pirrón de Elis: la radicalización definitiva de la

conciencia escéptica griega

Cualquier prolija discusión sobre un problema debe comenzar por su origen: cualquier historia tiene una prehistoria. Los comienzos del escepticismo se advierten y se desarrollan, como hemos visto, ya desde los presocráticos. Sin embargo, este movimiento, igual que otros, no carece de un fundador por todos reconocido: Pirrón de Elis. Llegamos, en sentido estricto, al punto de partida del escepticismo; vamos, pues, a delimitar y, si podemos, a clarificar el pensamiento y la actitud de este particular filósofo.

Es imprescindible, pues, hacerse cargo de esta intención en un pensamiento como el de Pirrón, pues no existe mucha precisión en las noticias que nos llegan de él, y por lo tanto, en su estudio la búsqueda, la observación y el examen, es decir la «sképsis», es necesaria. La reputación de Pirrón como el fundador del movimiento escéptico no surge de ningún testimonio escrito de su mano, sino que más bien es la conclusión a la que llegamos después de leer los textos que se refieren a su filosofía y su vida. De todos los escépticos, quizá, Pirrón es el autor cuyo estudio es más necesario y más complejo a la vez. Su nombre aparece rodeado de leyenda, la mayor parte de la cual es posible que no sea verdadera. De ahí que su recuerdo venga rodeado por el misterio que se revela gracias a la interpretación: por eso, las conclusiones a las que podamos llegar en nuestro trabajo no podrán tener un carácter absoluto, sino, básicamente, provisional.

Es evidente que las fuentes que aportan información sobre este filósofo son poco homogéneas. Ciertamente, encontramos algunas de información precisa e indispensable, pero la mayoría son poco explícitas y, a veces, de dudosa confianza. Decleva Caizzi en la introducción de su obra dedicada a los testimonios sobre Pirrón expone las dificultades que podemos encontrarnos en cualquier trabajo que tenga como horizonte de estudio a Pirrón de Elis. Ningún destino historiográfico -dice Caizzi- es parejo al de Pirrón, pues las reconstrucciones de su pensamiento se han hecho no sólo sin hacer valer el criterio de la presencia de su nombre en los textos utilizados, sino sin que exista ninguna base histórica que fundamente tal orientación410. En nuestro estudio, nosotros no sólo hemos acudido a fragmentos de Timón o a pasajes de Gelio, Sexto y Diógenes, sino también hemos valorado y estudiado críticamente otros testimonios que construyen, junto con los anteriores, un perfil preciso del de Elis. Todo ello, nos lleva a dibujar (o al menos intentar dibujar), equilibradamente, el pensamiento y la personalidad de este ilustre escéptico.

Estas específicas características impiden la reconstrucción uniforme del pensamiento de Pirrón y dificultan la armonización y conciliación de los diversos testimonios de la antigüedad (literarios o filosóficos) que se han conservado sobre él: como consecuencia no podemos establecer un único criterio de valor o valoración de su vida y de su filosofía411. Esta ambigüedad e indeterminación ha impedido hasta ahora una situación histórica y filosófica precisa de Pirrón; primero, por la dificultad de unificación de los testimonios que a él se referían y que dependían de una tradición oral, en muchos casos, contaminada y deformada algunas veces interesadamente; segundo, por la falta de unificación de las múltiples interpretaciones, justificadas parcialmente, que de su filosofía se han hecho412.

1. El carácter singular del «Bios Pirroniano»
Pirrón de Elis es un autor especial. El carácter original de las noticias que han sobrevivido sobre él obligan a una metodología única para su estudio. Es un verdadero problema, por ejemplo, que los autores que más noticias aportan sobre el escepticismo, sobre Pirrón y el pirronismo, son aquellos que han vivido cronológicamente más alejados de él; lo cual no es una ventaja sino más bien, un inconveniente. A esto hay que añadir otra particularidad de Pirrón que va a centrar el debate posterior: su carácter ágrafo413. Pirrón no escribió nada, y esta actitud no parece accidental, pues existen algunas razones que pueden justificar esta disposición intelectual. Una de ellas puede ser la notable decisión pirrónica de no querer, conscientemente, dogmatizar, ya que transmitir por escrito una doctrina supone, de una forma o de otra, convertir sus teorías o sus doctrinas en un «corpus» establecido que tiene que ser estudiado y, con seguridad, transmitido por sus discípulos, lo cual hubiese podido transformar su escepticismo en un dogmatismo. Otra razón que puede atenuar su silencio, es la extraordinaria claridad con que Pirrón identifica, según los testimonios que tenemos, teoría y práctica, por lo que sus ejemplos cotidianos, su actitud ante la vida enseña más que cualquier escrito que hubiese dejado. Desde esta perspectiva, el ejemplo de su vida tiene más valor que sus teorías o doctrinas414, lo cual parece que fue asumido por sus discípulos como huella impresa.

Este muy significativo detalle nos obliga a una consideración más atenta y crítica de las fuentes antiguas, que destacan, en primer lugar, una precisa relación del pensamiento de Pirrón con el de sus predecesores, deudor de unos problemas o influencias que ya hemos estudiado en los capítulos precedentes; y, en segundo lugar, un intento de asociar vida teórica y vida práctica como actitud definitoria de su pensamiento: «Se comportaba de un modo consecuente también en la vida, no rehusando nada (mhd_n _ktrep_menoV), ni precaviéndose de nada (mhd_ _ulatt_menoV)»415. Aunque creemos aventurado el intento de Conche416 de sobrevalorar una sobre la otra, sí que estamos de acuerdo en que es insuficiente atender sólo a la teoría o a la práctica para entender la figura de Pirrón, por lo que será necesario considerar estos dos aspectos en uno solo. Así, si nuestro interés por Pirrón viene señalado por el papel fundamental que desempeñará en el escepticismo antiguo, el interés por su vida está orientado por dos razones substanciales:

1.- Pirrón es el único de todos los escépticos antiguos al que los doxógrafos reconocen una vida original que puede ser denominada -con la terminología de Frede- una vida sin creencias. Su actitud cotidinan está lejos de la expectativa de la vida convencional de todos los demás escépticos; el mismo Sexto observa que la vida del escéptico es, y se espera que sea, una vida convencional, una vida según las costumbres, sin sobresaltos.

2.- Es evidente la influencia que la vida de Pirrón ejercerá en el movimiento escéptico. Todos los doxógrafos parecen entender que el modelo pirroniano es generalmente asumido como paradigma escéptico a partir del cual Enesidemo hace surgir, cum sensu, la tradición escéptica.

Sexto Empírico determina a Pirrón claramente: Pirrón encarna mejor que sus predecesores y con más fuerza los principios del escepticismo417. Asistimos con Pirrón a la culminación del desarrollo de cierto escepticismo incipiente que hace su aparición en la filosofía griega con Jenófanes. Esta original actitud pirroniana se va paulatinamente desarrollando hasta alcanzar en Sexto una exposición más técnica y acabada: es importante, pues, que teniendo una gran perspectiva histórica, el Empírico confirme al de Elis como el escéptico por excelencia, el que mejor encarna los principios escépticos y el que de una manera manifiesta mantiene más viva esta actitud. A pesar de todo, Sexto no presenta a Pirrón como el fundador de ninguna escuela; más bien parece que fue un modelo, tanto en su posición teórica como en su comportamiento práctico para los pirrónicos y para todos los escépticos en general.

En sentido estricto, Pirrón es el primer escéptico; así lo entienden sus seguidores, a pesar de renunciar al establecimiento de un cuerpo de doctrina filosófica, que, tarde o temprano, se hubiese convertido en una teoría dogmática y habría entrado en contradicción con las propias enseñanzas pirronianas. De ahí, la posición original de Pirrón y la escuela escéptica en el sistema de las antiguas sucesiones (diadoca_) de las escuelas filosóficas: Diógenes, por ejemplo, no lo nombra como exponente de ninguna «sucesión», en el sentido de ser considerado el fundador de una verdadera y propia escuela. Pirrón no profesa ningún tipo de dogmas, ni crea una serie de enseñanzas como corpus de doctrina, aunque sí mantiene una determinada forma de pensar que servirá de patrón para vivir rectamente. Sólo en este sentido, se puede afirmar que los pirrónicos sean una escuela y reconozcan a Pirrón como su modelo.

Con estos presupuestos cabe preguntarse ¿por qué los escépticos reconocieron en Pirrón de Elis el impulso necesario para la institución de un nuevo movimiento filosófico? Pirrón tiene una larga experiencia vital y unos singulares contactos filosóficos que determinan un pensamiento original. El proyecto pirroniano asume como importante, no la aceptación de un tipo de filosofía, sino el vivir cualquier principio que lleve razonablemente a la felicidad.

Metodológicamente, debemos comenzar nuestro análisis por los aspectos más humanos de Pirrón, admirados y convertidos en praxis cotidiana. De todas las fuentes que manejamos sobre la vida de Pirrón, la obra de Diógenes Laercio es, cuantitativa y cualitativamente hablando, la más importante. En ella nos encontramos una gran cantidad de datos sobre el filósofo y un plan general de exposición del escepticismo pirroniano. En unas ocasiones, estos datos son aportados directamente por Diógenes y en otras, son testimonios de otros autores, interesantes unos y algo confusos otros, sobre la vida del «iniciador» del escepticismo antiguo.

Diógenes Laercio es el primero entre las fuentes antiguas que muestra un interés sistemático no sólo por la historia sino por la cronología y la biografía de los autores. Encontramos en Diógenes una intención filosófica, pero también una simpatía profunda por la personalidad singular que los filósofos mismos mostraban. Hay peligros en esto, ya que en algunas ocasiones este interés por la vida de los filósofos se convierte en una curiosidad anecdótica, a veces, poco interesante. En el proyecto de su obra se reconoce esta actitud, en la que no sólo existe un fuerte interés por la producción de los filósofos establecida a partir de su reflexión,sino también un interés por la existencia personal de esos filósofos, entendiendo que su vida interviene en su doctrina filosófica. Además de esto, encontramos, por último, un interés por rescatar las «vidas filosóficas» de autores que por no dejar nada escrito hubiesen pasado desapercibidos. Esta es la importancia de Diógenes Laercio: su ayuda en el caso de Pirrón es inestimable, pues de no ser por él nunca hubiéramos sabido ni qué hizo en su vida, ni por qué se convirtió en un modelo de sabio elogiado no sólo por sus discípulos sino por todos sus conciudadanos.

Las noticias referentes a la vida y a la conducta de Pirrón, si bien en algunos casos son difíciles de interpretar, no plantean demasiados obstáculos para una hermeneútica matizada que observa cierta homogeneidad en ellas pues son externas e intersubjetivas y a todos se presentan aunque no todos las interpreten de la misma forma. Estos sucesos, que tienen un marcado carácter anecdótico-personal y «casi privado», explican por sí solos ciertos aspectos singulares del pirronismo. Estos relatos de índole práctica que encontramos, sobre todo en el capítulo que Diógenes dedica a Pirrón en el libro IX de sus Vidas, son acontecimientos únicos que expresan la concepción del so__V, de sus atributos y de la «virtud» escéptica.

Si alguien quiere formarse una idea exacta -decía Brochard- de lo que fue Pirrón necesita estudiar su biografía. Un pasaje de Diógenes acierta a mostrar con pocas palabras algunos de los acontecimientos más importantes de su vida:

«Pirrón de Elis era hijo de Plistarco, como refiere Diocles; como dice Apolodoro en su Cronologium, primero era pintor, y escuchó a Brisón, hijo de Estilpón, como dice Alejandro en las Sucesiones, y después a Anaxarco, al cual siguió por todas partes, y de modo que llegó a tener contacto con los gimnosofistas en la India y con los magos; de donde parece haber cultivado la más noble filosofía, introduciendo el concepto de inaprehensibilidad y de suspensión del juicio, como dice Ascanio Abderita; decía, en verdad, que no hay nada bueno ni vergonzoso, justo o injusto, e igualmente que nada es en verdad, sino que los hombres se comportan en todo según la ley y la costumbre; pues ninguna cosa es más esto que aquello»418.

Diógenes cita en este texto cuatro fuentes, a saber: Diocles, Apolodoro, Alejandro y Ascanio; parece como si Diógenes estuviera presentándonos en estos primeros párrafos (Antígono y Enesidemo aparecen en los siguientes) las fuentes directas e indirectas que ha utilizado para recoger el material sobre Pirrón. De los detalles que expresamente presenta hay uno difícil de aceptar ya que no es posible que Brisón419, maestro de Pirrón, fuese hijo o discípulo de Estilpón. Esta filiación Pirrón-Estilpón no está atestiguada en ningún otro texto; posiblemente, estamos ante el intento de relacionar al filósofo de Elis con la escuela socrático-megárica420, información que parece tener poco fundamento.

Junto a estas cuestiones de presentación, aparecen en esta obra de Diógenes otros elementos claves para entender el pensamiento de Pirrón. Una larga vida llena de experiencias y su expedición en el séquito de Alejandro, posibilitan una serie de contactos filosóficos con otras formas diferentes de sabiduría. Así, su relación con los magos, M_goiV, que parecen ser sacerdotes persas421, y los gimnosofistas, gumnoso_ista_V (sabios desnudos), que son los brachmânes422 permite la unión de dos modelos o esquemas de pensamiento distintos: el griego y el oriental. A primeros de Abril del 326 a. C. Alejandro toma T_xila una ex-provincia persa en la India. Según Estrabón, Geografía, 15, 1, 61 y 63-65, durante la visita a la ciudad están atestiguados dos importantes contactos con sabios de la India. Uno con dos brahmanes dedicados a la elevación mística y perfección espiritual y otro con un personaje de mayor importancia y estimado por la población local, llamado con el sobrenombre de «Cálano» K_lanoV o Kalan_V, es posible que estos encuentros tuvieran una singular importancia para el desarrollo del pensamiento de Pirrón. No sabemos, ciertamente, hasta qué punto se vio influido por esa sabiduría oriental423; creemos que no se puede hablar, simplemente, de una derivación del pensamiento de Pirrón de posturas o actitudes orientales, sino que más bien hay que hablar de una coincidencia en algunos puntos. En este sentido, podemos conjeturar que la influencia que recibió Pirrón debió ser luego traducida posteriormente a una terminología filosófica griega. Ni que decir tiene que existen convergencias e intercambios entre oriente y occidente, entre ideas griegas y sabiduría oriental, pero no podemos decir que el pensamiento pirroniano fuese una derivación de ella. En cualquier caso, debemos metodológicamente evitar dos extremos igualmente peligrosos: ni podemos reducir todos los elementos del pensamiento pirroniano a un modelo o patrón indú, ni podemos refutar apriorísticamente la presencia de tales influencias. Posiblemente, el camino correcto sea aceptar una ruta intermedia en la que el encuentro con el «exótico Oriente» influyó en nuestro personaje, igual que influyó en la vida cotidiana de aquél ejército macedónico y del mismo Alejandro.



Otro rasgo importante de la exposición de Diógenes es la calificación de la filosofía pirrónica. Pirrón practica la más noble filosofía gennai_tata _iloso__sai424, caracterización que indica, entre otras cosas, el valor que Diógenes le da al pensamiento pirrónico. El término gennaîos reviste en la tradición pirrónica un carácter técnico que poco a poco va cargándose de elementos éticos425, de ahí su conexión con megaloyuc_a o megalo_u_V426 que caracteriza en algunas situaciones el estilo de vida propio del escéptico. En este sentido se puede observar que el término genna_oV aparece en algunos pasajes en conexión con el término so__V. En un texto de Focio427 que tiene como fuente a Enesidemo, aparece esta conexión indicando la dimensión espiritual que está a la base del proyecto filosófico pirrónico. Sexto designa también a los escépticos con los términos «o_ megalo_ue_V t¢n _nqr;pwn, los hombres más nobles»428, y «megalo_uest_toiV, los más nobles»429, términos que parecen aludir a una virtud intelectual conectada con una nobleza de ánimo que sintetiza la situación del filósofo pirrónico: interés intelectual y actividad moral. De ahí que los escépticos, en oposición a la creencia común (t_n _diwtik_n _p_noian), sean definidos, en otro lugar430, como «los prudentes y más magnánimos de los hombres to_V d_ suneto_V ka_ megalo_uest_toiV». Una substancial confirmación del origen pirrónico de estos términos y del vocabulario filosófico la encontramos en el texto de Timón sobre Parménides; en este pasaje, Parménides es presentado, en cierto modo, como precursor ideal del estilo pirrónico pues el término megalóphronos con el que es calificado («la vitalidad del magnánimo Parménides, Parmen_dou te b_hn megal__ronoV»431), será utilizado luego por Sexto para designar a los escépticos. Podemos inferir de aquí que la posesión de esta facultad comporta una actitud que se refleja sobre dos planos íntimamente ligados entre sí: por un lado, la fortaleza de ánimo inmune a las formas insuficientes de conocimiento, y, por otro, como consecuencia del anterior, el mantenerse alejado del engaño de las apariencias. Estos términos parecen, pues, aludir a una virtud intelectual estrechamente conectada con el carácter de la scepsis que reconoce en el filósofo pirrónico una nobleza de espíritu que tiene su origen indudablemente en Pirrón432. Esta idea delimita una precisa disposición ético-intelectual, que suscita un estilo de filosofía y de filósofo particular. Un tipo de filósofo que, aunque precisa un cuerpo de principios (no con carácter dogmático) que informen la acción y el conocimiento, se comporta con «generosidad» y «elevación espiritual». Esta es la expresión del modelo que deja Timón: «puesto que de tal modo cada uno de nosotros, asumiendo la disposición escéptica perfecta, vivirá, como dice Timón, serenamente en calma (_suc_hV) siempre sin pensar (__ront_stwV) e inmóvil en la misma situación, sin prestar atención a los torbellinos de una sabiduría halagadora (de dulce palabra), _dul_gou so__hV»433. Aunque no se nombra a Pirrón, explícitamente en este texto, parece razonable pensar que estos versos se refieren también a él434, ya que tiene una aparente similitud con otros versos del mismo Timón, también presentados por Sexto, en los que se hace de nuevo referencia a la calma necesaria para el sabio que quiera ser feliz:
«Es feliz el que vive sin perturbación y, como decía Timón, en un estado de quietud y de calma:

«Pues por todas partes reinaba la calma»

Y

«Cómo lo reconocí en la calma sin viento»»435.


Estos versos que, tal como ha manifestado Goedeckemeyer436, están inspirados en Homero, Odis., v. 391-392, ofrecen otro elemento importante y es la posibilidad de conjeturar sobre el uso del término griego _pe_ce (p_nt_ g_r _pe_ce gal_nh), ya que podemos obtener una prueba de la utilización de la epoch_ en Pirrón, aunque bien es verdad que no parece tener un carácter epistemológico fuerte, como después tendrá, sino un matiz práctico, vital, en el sentido de quedarse, mantenerse en la calma. Esta opinión no está atestiguada totalmente, pero tiene firmes defensores437. Este es el secreto de la excepcionalidad del sabio Pirrón, del sentido que tienen las cosas que están en el mundo. Se trata de una indiferencia que no tiene nada que ver con inactividad, ni con la indiferencia ética que Cicerón cree poder atribuir a Pirrón. Más bien estamos ante una coherente concepción en la que negando cualquier realidad objetiva (sea en el plano ontológico o en el moral) cree todavía en la posibilidad de una relación fenoménica, traducida sobre el plano de la vida empírica que arropa un concepto de conformidad con el b_oV. Esta iniciática relación será luego el motivo principal del escepticismo técnico de Sexto, el concepto preciso y fundamental de la adecuación con el fenómeno, encuentra un antecedente histórico pirroniano considerable.

Confirmamos, pues, en Pirrón cierta imperturbabilidad de ánimo como consecuencia de su actitud frente al conocimiento de las cosas: existe un cierto paralelismo entre sus teorías y su vida, llegando a ajustarse de tal forma, que su vida era consecuente con su proyecto teórico. Esta argumentación, cargada con toda la tradición filosófica anterior, tiene como consecuencia el abandono, en su actitud teórica frente a la naturaleza de las cosas, de la filosofía especulativa, incompatible con la tranquilidad de ánimo, y la aceptación de la orientación práctica como exigencia esencial de cualquier reflexión escéptica posterior. Por eso, no es raro que Pirrón sienta cierta repulsa por la especulación a la que había llegado la filosofía, ya que ninguna de las teorías que conoce es capaz de resolver los problemas del individuo, por lo que poco a poco tiende más a una actitud práctica de la vida que a una actitud teórica. Este recorrido nos acerca a la concepción de la disposición pirrónica ético-intelectual, a partir de la cual se va a desarrollar la escéptica como movimiento, que fue la que Diógenes Laercio entendió de Pirrón, al menos eso es lo que parece cuando elige los siguientes versos de Timón: «Oh viejo Pirrón, ¿cómo y por dónde encontraste salida de la esclavitud de las opiniones y de la vacía sabiduría de los sofistas y desataste las ligaduras de todo persuasivo engaño?»438. La duda pirrónica interviene también en el campo de las opiniones, de ahí que Pirrón renuncie a ellas por razón de su aspiración a la ataraxia: si aspiramos a la paz del espíritu no podemos dejarnos atrapar en el torbellino de las discusiones filosóficas. Pirrón no desea, pues, mezclarse en una serie inacabable de disputas (propias de un escepticismo posterior más batallador) sino que introduce cierta incomprensibilidad e irresolución en las cosas que le lleva a un estado de tranquilidad interior y a encarnar el ideal del sabio escéptico439.

Estamos ante un tipo de hombre completamente nuevo en la antigüedad, caracterizado por una ruptura fundamental con la realidad. Hasta qué punto esa ruptura determinaba su carácter escéptico lo reconocemos en un testimonio de Antígono de Caristo, según el cual existía un perfecto paralelismo entre su pensamiento y su comportamiento en la vida. El pasaje en cuestión es recogido por Diógenes y lo cito por su importancia:

«Se comportaba de un modo consecuente también en la vida, no rehusando nada (mhd_n _ktrep_menoV), ni precaviéndose de nada (mhd_ _ulatt_menoV), haciendo frente a todo, si llegaba el caso, a carros, precipicios, perros y cualquier cosa, sin conceder nada a los sentidos; sino que, ciertamente, según cuanto cuenta Antígono de Caristos, los amigos que lo acompañaban le salvaban de todo peligro (_p_ t¢n gnwr_mwn parakolouqo_ntwn)».440.

Esta noticia es reveladora del singular carácter de Pirrón. Lo primero que llama la atención es el sentido del texto, no sabemos si hay que entenderlo en sentido literal o más bien en sentido metafórico. Cuesta creer que Pirrón fuese tan poco sensato que practicando la indiferencia, no se cuidase de nada, llegando hasta el extremo de ser atropellado por carros, mordido por perros o caer en precipicios profundos, y que dejase la tarea de la salvación de su cuerpo a los amigos que lo acompañaban (parakolouqo_ntwn) y lo escuchaban. Si esta actitud hubiese sido normal en Pirrón nos costaría creer que hubiese llegado a los noventa años de edad, como dice Diógenes. No podemos aceptar, al pie de la letra, la noticia de Antígono; de ser así, el pensamiento pirroniano tendría que haber resuelto una fuerte objeción: la incompatibilidad del escepticismo con una vida normal. Frede observa que esta noticia debe ser entendida como una crítica caricaturizada de los filósofos escépticos441. Añade, que el mismo Diógenes Laercio no toma la información de su fuente en sentido literal; por lo que, debemos suponer, con todo tipo de reserva, que Antigono vio en Pirrón un ejemplo radical de vida sin creencia. Esta interpretación es compatible con el hecho de que el sano juicio de sus amigos corregían la falsa pretensión de vivir sin atender a las apariencias.

Otro intento de explicar esta noticia es el de Conche442. Su interpretación responde a la idea de que estas actitudes de Pirrón conciernen a un Pirrón educador, que mediante anécdotas prácticas, ejemplifica sus discursos. Entendemos, por tanto, el texto de Pirrón como clara representación dramática de carácter pedagógico ante sus alumnos. Así, se comprende que aquellos que lo acompañaban y escuchaban asistían a la demostración práctica de las teorías pirronianas. Estamos ante una lección pública teatralizada, y si los alumnos, malvadamente, lo hubiesen dejado avanzar hacia el precipicio sin atajarlo, estamos seguros de que Pirrón se habría detenido, llegado el momento, sin su ayuda443.

En este mismo sentido, puede ser entendido otro pasaje de Diógenes Laercio. En este caso, la lección de Pirrón tendría supuestamente como referencia la indiferencia o _diafor_a. Esta vez Anaxarco sirve de ejemplo pues cae en un cenagal y Pirrón «supuestamente» pasa de largo no haciendo caso de sus peticiones de auxilio. Este acto es, evidentemente, criticado por los que lo conocen, pero el propio Anaxarco elogia la indiferencia e inperturbabilidad de Pirrón, características que eran necesarias para el sabio444. También podemos entender en este caso que la anécdota no puede ser entendida al pie de la letra; posiblemente el carácter de lección pedagógica se sobrepone a la noticia, y la parodia no tiene un verdadero carácter real sino más bien simulado. Por consiguiente, estos textos no pueden ser presentados aisladamente, ya que corremos el riesgo de no entenderlos en su complejidad, realizando, al final, una interpretación más de la situación simulada que de la idea que la sustenta; y, por la misma razón, hay que ponerlos en relación con otros que aportan algún dato explicativo sobre la actitud que tenía Pirrón ante las cosas; que no podía ser ni de aceptación ni de negación, pues la información que tenemos de la realidad no es suficiente para su conocimiento. Esta interpretación tiene además otra fundamental confirmación y es el papel que, como sabemos, jugó el filósofo en la comunidad de Elis. Es cierto que Pirrón no creó una escuela al estilo de la Academia o del Liceo, ni en el sentido más elástico de las escuelas socráticas menores, sino que aportó un «rol» educativo propio de una figura pública de primera magnitud, que la ciudad reconoció atribuyéndole honores particulares.

Esta actitud de Pirrón, que traduce una extraordinaria concordancia entre su vida práctica y los elementos teóricos que la presiden, se puede observar también en algún texto que transmite Enesidemo, quien «dice que él (Pirrón) filosofaba (_iloso_e_n) según la teoría de la suspensión del juicio (kat_ t_n t_V _poc_V l_gon), no que actuara (pr_ttein) en cada caso sin precaución»445. Pirrón se proponía mejorar al hombre, su filosofía era más un modo de vivir que de pensar y así declara este texto que, aunque utiliza la teoría de la suspensión del juicio446, sin embargo sus acciones no le llevan a comportarse de manera irracional, imprevisible o sin precaución. Hay en este texto una distinción fundamental entre _iloso_e_n y pr_ttein que enmarca la actitud pirrónica. Estamos ante un filósofo que entrevera criterios teóricos y actitud práctica; los unos le preparan y le orientan hacia la otra que es su fin.

Esta relación teoría-práctica está presidida, según Enesidemo, por un elemento problemático: la teoría de la epoch_. ¿Cómo hay que entender esto? ¿Acaso postula Enesidemo que Pirrón utilizó esta suspensión del juicio como teoría técnica o bien confirma la práctica de unos principios parecidos a la teoría que luego se establece entre los escépticos como epoch_? Nosotros nos inclinamos más por la segunda hipótesis que por la primera. Las razones que nos llevan a defender esta idea son las siguientes:

-Primero, sabemos que Enesidemo ha dado al pirronismo una forma más filosófica, científica y técnica; el escepticismo le debe a Enesidemo sus argumentos más agudos y potentes. Parece que fue el creador de los «tropos», reconvirtiendo antiguos argumentos escépticos en fórmulas técnicas para demostrar argumentativamente la imposibilidad del conocimiento, y la necesidad de suspender el juicio447.

-Segundo, en Enesidemo la utilización de la «suspensión del juicio» tiene un sentido técnico; pero la originalidad de Pirrón está representada más por la utilización en su filosofía de la teoría de «no más es que no es» (_u m_llon _stin _ o_k _stin), por causa de la indeterminación de la realidad, que por el uso epistemológico fuerte de la «suspensión del juicio».

Por eso, nos sentimos más inclinados a pensar que cuando Enesidemo dice que Pirrón filosofa «según la teoría de la epoch_», parece que intenta dejar claro que no fue él quien inventó esa teoría epistemológica448, aunque sí se abstiene, sin cargar esta expresión con un carácter excesivamente técnico. Es evidente que, se resuelva este texto en un sentido u otro, cualquier interpretación se opone a la imagen de Pirrón como un individuo que no toma interés por nada ni siquiera por su propia vida. Así pues, la indiferencia e impasibilidad que demuestra Pirrón apuntan no a la inexistencia de una preocupación por el conocimiento, sino más bien a que la vida pacífica que mantiene está anclada en una teoría explícita y bien delimitada. Los ejemplos que recoge Diógenes aportan detalles clarificadores al respecto: «Vivía respetuosamente con su hermana, que era partera y nodriza como afirma Eratóstenes en su obra Sobre la riqueza y la pobreza; a veces, él mismo llevaba a vender al mercado, pajarillos, según las circunstancias,o lechoncillos y hacía la limpieza de la casa con indiferencia. Se dice también que con [la misma] indiferencia lavaba un lechón449».

El testimonio de Eratóstenes es fundamental, ya que, aunque no está atestiguado que de modo explícito que tuviese contacto ni con Timón, ni con algún otro discípulo de Pirrón, se trata de una fuente antigua, anterior a Antígono de Caristo (que nos dejaba el testimonio anterior), que puede haber servido para la derivación del esquema anecdótico que aparece con detalle en otros autores450. No es necesario señalar la coincidencia sustancial de los episodios de Antígono y Eratóstenes, los dos se refieren a la misma indiferencia, da igual explicar filosofía, lavar un cerdo o salvar a un compañero. Es posible que Pirrón fuese citado como modelo de _diafor_a, no sabemos si usó el vocablo pero esta duda no sería suficiente para negar sentido a las anécdotas de este estilo que indican un comportamiento cotidiano anclado en principios teóricos evidentes, en los que se reconocen con prontitud la impronta estoico-cínica. Este análisis explicaría al menos en parte, la repetida relación que aparece en Cicerón entre Pirrón de Elis y Aristón de Quíos451, difícilmente justificable desde otra lectura y garantizaría la presencia de una tradición surgida poco después de la muerte de Pirrón (e independiente de la línea de Antígono de Caristo) de indiferencia escéptica diferente de la estoica-cínica452. Una imagen de un sabio sin necesidades e indiferente, que mantiene por encima de todo la tranquilidad de ánimo: así, una anécdota de Posidonio cuenta que desatada una tempestad, Pirrón solía tranquilizar a los que con él navegaban, mostrándole como ejemplo de tranquilidad a un lechón que comía sobre la cubierta, ajeno a los peligros y a las dificultades por las que atravesaban453. En este caso, estamos ante el paradigma de comportamiento del verdadero sabio en la obra de Posidonio. Es interesante aquí el reclamo a la filosofía como instrumento para conseguir la ataraxia. La anécdota señala la impasibilidad frente a los vaivenes de la fortuna, que no deben llegar a intranquilizar al sabio. Diógenes Laercio, en este sentido, observa que tuvo muchos imitadores en la irresolución (_pragmos_nhV)454; este último término puede tener cierta equivalencia con apraxía, cuyo originario introductor fue Demócrito455, con lo cual volvemos a hacer referencia a ese puente que existe entre la filosofía del abderita y la de Pirrón, representada, en este caso, en la calma y la serenidad que son ejemplares.

Estos pasajes manifestan en Pirrón un equilibrado interés por las cuestiones teóricas: la imperturbabilidad e indiferencia no son elementos apriorísticos aceptados como punto de partida de su filosofía, sino que brotan en Pirrón debido, principalmente, a que la indeterminación de las cosas impide una total explicación de la realidad por parte del hombre. Así, esa tranquilidad que reivindica Pirrón se complementa con un afán educador que justifica esa relación entre teoría y praxis que nosotros venimos manteniendo. Dicho de otro modo, estos textos nos transmiten una imagen bastante rica de Pirrón, donde la preocupación por conocer tiene como paralelo la indiferencia ante la indeterminación de las cosas del mundo. La dificultad que comporta esta actividad viene señalada por una anécdota recogida por Diógenes y Aristocles que tiene como base un testimonio que depende de Antígono. Dice Diógenes de Pirrón que:


«Conturbado por el asalto de un perro, dijo a quien lo reprendía que era muy difícil despojarse enteramente de [lo que es el] hombre (_V calep_n e_h _loscer¢V _kd_nai t_n _nqrwpon)»456.
La anécdota que no es fruto de alguna tradición hostil o con ánimo de desprestigiar a Pirrón, hay que considerarla fundamental para entender su posición original. El sentido esencial del texto puede ser comprendido mejor si reconocemos, como ya hemos hecho para otras manifestaciones pirrónicas de este mismo tono, el elemento pedagógico y educativo que tenía su discurso. A partir de aquí, la interpretación de este texto viene marcada por la respuesta que da Pirrón a su interlocutor: que es difícil despojarse de lo que es el hombre. Nosotros nos vemos obligados a enjuiciar las cosas; y, debido a la propia naturaleza del hombre457, tenemos tendencia a creer reales sus cualidades y verdaderas las opiniones sobre su «ser»: en principio, admitimos conocer las cosas de esa manera, a priori, tan clara. Sin embargo, generalmente nos confundimos con respecto a las cosas (Prágmata), porque éstas se presentan de tal forma que nos engañan; de ahí, la propuesta de Pirrón: el hombre debe combatir contra el modo, supuestamente claro, en que ellas se manifiestan y contra la aceptación de su «ser». Esto es problemático y difícil pues obliga a no conceder nada a los sentidos totalmente, y a no creer en las determinaciones de las cosas. En este pasaje se observa todavía otra idea y es la lucha contra las pasiones que luego, centrada en el placer, se reconoce como patrimonio del cinismo, pero que en Pirrón tiene un valor diferente: la disciplina interior. El valor de la imperturbabilidad reside en el equilibrio íntimo que construye un espíritu fuerte y sereno.

En resumen, según lo anteriormente expuesto, no cabe duda de que Pirrón era un hombre honesto, con tranquilidad de ánimo que intentaba armonizar su vida y su filosofía, su manera de vivir y su manera de pensar. Un filósofo que persigue un ideal de vida necesario en cualquier época, pero más en la época helenística, en la que el hombre tuvo que proponerse nuevos horizontes, pues los que habían regido su existencia hasta ese momento ya no servían. El hombre en este período tiende a replegarse en sí mismo, inclinándose más a la individualidad y a la búsqueda de la felicidad. Todos estos extremos eran cumplidos por Pirrón, que gustaba, según Diógenes, de la soledad y evitaba la muchedumbre para no verse atrapado por el compromiso social que le impedía alcanzar como meta la ataraxía, ideal en el que coinciden también los epicureístas458: otro de los movimientos filosóficos que intentará dar nuevas pautas al hombre helenístico. Justamente, esto es lo que dice en resumen este texto de Timón sobre Pirrón: «Esto, Pirrón, mi corazón desea oír, cómo es que, siendo hombre, vives con tal serenidad, el único que a la manera de un dios, guías a los hombres»459. Observamos en este fragmento una intención resuelta de Timón: tratar de hallar el camino que ha llevado a Pirrón a una vida feliz, a una tranquilidad total y a una seguridad en su verdad y en su pensar. Notamos, no obstante, cierto tono dogmático-apodíctico del fragmento que pudo ser añadido por su discípulo, pues la modesta y al parecer humilde vida del de Elis parece muy alejada de este endiosamiento al que lo somete Timón. Todos estos fragmentos que hacen referencia al ejemplo que daba Pirrón con su vida, merecen un especial (y curioso) comentario y juicio público de Antígono ya que afirma que la admiración por él era tal en su patria, que no sólo fue elegido sumo sacerdote, sino que hubo un decreto por el que se estableció la exención de impuestos a todos los filósofos460.

La importancia que tiene, pues, Pirrón en la historia de la filosofía no puede reducirse sólo a su figura, que parece ser lo que más claro aparece en los textos; sino también a las posibilidades que inaugura su actividad filosófica en lo que concierne al desarrollo de la filosofía escéptica. Del análisis de las fuentes consultadas para el estudio de Pirrón, podemos destacar una cierta homogeneidad que, aunque insuficiente para poder reconstruir fielmente todo su pensamiento, muestra los métodos y procedimientos filosóficos que utiliza el que mejor encarnó los principios de la escéptica. Y quizá sea ésta la primera consecuencia que podamos sacar en este capítulo, el que la filosofía de Pirrón no se caracteriza por presentar un cuerpo dogmático de doctrinas sino por amparar un método, un procedimiento que quiere, justamente, suavizar o hasta eliminar cualquier creación doctrinal. Esta idea es una de las singularidades del pensamiento de Pirrón. Por eso, sería un tanto paradójico intentar perfilar concluyentemente la figura y el pensamiento de Pirrón, ya que establecer algo definitivo en su pensamiento supondría, en cierta forma, algo contrario a lo que pretendió. Dicho de otro modo, así como la música tiene sentido interpretándola, el pensamiento pirroniano solo tiene sentido si lo asumimos de la manera más equilibrada, sin deslices dogmáticos aparentes.

Pirrón es un filósofo que descubre los problemas del pensamiento tradicional griego e intenta, después de tomar contacto con el oriente en su viaje con el séquito de Alejandro, traducir todo su aprendizaje a un tipo de pensamiento en el que teoría y praxis se incorporan de forma equilibrada, con el único fin de conseguir por encima de todo la ataraxia461. En este sentido, también en Pirrón observamos que el problema que se enuncia como central es el de la vida del hombre o lo que es lo mismo la cuestión de la «sabiduría-moral-felicidad», aunque su conclusión queda en incertidumbre. Pirrón quiere ser feliz y para ello es indispensable vivir tranquilamente, con serenidad, en paz con los demás y consigo mismo. Esta disposición debe ser alcanzada mediante la práctica cotidiana; lo cual supone, en cualquier caso, que el hábito de la vida implica la aceptación de un cierto número de hipótesis sobre los fenómenos inmediatos. Dicho de otro modo, no tenemos más remedio que actuar teniendo en cuenta lo que acaece cotidianamente, pues no se puede anular radicalmente los fenómenos, de lo contrario solamente viviremos una vida única y exclusivamente especulativa. De ahí que muchos textos hablen de la docilidad con que Pirrón se sometía a todos los asuntos cotidianos, ya fuese hacer la limpieza de la casa, llevar pajarillos al mercado, lavar un cerdo o sufrir con paciencia las dolorosas curas de las heridas.

Como hemos visto, no existe, en las fuentes, una clara referencia a Pirrón que descubra todos los contenidos de su filosofía. Sin embargo, hay algo en lo que casi todas parecen estar de acuerdo y es en hacer de Pirrón el iniciador de la filosofía escéptica. El movimiento filosófico que surge de Pirrón, que será denominado posteriormente pirronismo y se identificará, en un sentido más amplio con escepticismo, se constituye a partir de algo inexistente como sería una doctrina dada por un maestro, pero su vitalidad surge del aprovechamiento de sus discípulos del mensaje de Pirrón. Un mensaje, en palabras de Reale462 que es único y cuya característica más significativa en la historia del escepticismo es la constante reconstrucción que se realiza de él, cada vez más en sentido teórico y cognoscitivo. Estamos, pues, ante una construcción laboriosa determinada tanto por las necesidades propias del proceso de las ideas, como por las exigencias del hombre que las creó. Esta impresión viene dada más por el impacto que, al parecer, su persona ejerció entre su contemporáneos y discípulos, que por las posibles características teóricas o técnicas de su filosofía. En este sentido, no es sorprendente que toda la tradición antigua, excepto su discípulo Timón, haga más referencia a su figura, su vida y sus gestos que a los problemas teóricos y filosóficos. Sería demasiado simple explicar esta actitud como consecuencia de que en Pirrón no hubo problemas teóricos o éstos tuvieron poca importancia; más bien, las características especiales de su pensamiento conducen a que sólo sus discípulos más directos puedan traducirlo. Así, es normal que principalmente Timón pueda ser capaz de recoger tanto la referencia última de su filosofía, como el desarrollo y los elementos fundamentales de la misma que le llevan desde una preocupación teórica a una actitud práctica cotidiana que caracteriza su vida: cualquier actitud ética debe orientarse, o al menos debió responder a una pregunta previa, común a gran parte del pensamiento griego en general: ¿cómo son por naturaleza las cosas?

En conclusión, es evidente que Pirrón fue un hombre preocupado e interesado por las cosas y por la felicidad, y nadie puede dudar que esa pregunta teórica por las cosas, cimenta una actitud práctica fundamental. Ello refuta esa imagen de insensatez que preside algunas de las anécdotas transmitidas por Diógenes Laercio y que han justificado una consideración de Pirrón, a veces, ridícula. Anécdotas que, como hemos visto, adquieren sentido y significado al ser aprovechadas por Pirrón para presentar a los que le escuchaban su posición personal ante las cosas, de forma pedagógica. Independientemente de su filosofía, su vida se convirtió en un modelo de conducta irreprochable. Sus conciudadanos supieron advertir estas virtudes y lo veneraron igual que después hicieron sus discípulos, los cuales comprendieron que, en justicia, había que colocarlo como cabeza del movimiento escéptico. A ellos debemos en gran parte el conocimiento de su filosofía, pues él no escribió nada. Si siguieron exactamente o no al maestro, tampoco le hubiese importado mucho, pues también a lo afirmado por ellos le habría aplicado la fórmula o_ m_llon, necesaria para llegar a la suspensión y a la tranquilidad. Pirrón representa, pues, la primera gran figura del hombre helenístico463, si exceptuamos a Alejandro, que propicia una ruptura con el hombre griego clásico, que se centra en la imposibilidad de desligar, a partir de ahora, al hombre teórico y al práctico. La filosofía no es teoría sin vertiente práctica, sino más bien, como afirma el propio Epicuro, un «saber para la vida».





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