El escepticismo antiguo: posibilidad del conocimiento


La indeterminación de la realidad: ¿escepticismo o dogmatismo?



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2. La indeterminación de la realidad: ¿escepticismo o dogmatismo?

Es evidente, que el título anterior subraya un aparente conflicto. Ciertamente, Pirrón tiene por méritos propios el título de escéptico, tanto por la preocupación gnoseológica que tiene sobre la naturaleza de las cosas, como por la actitud y conducta práctica que tiene ante ellas. En el epígrafe anterior, hemos observado, principalmente una disposición escéptica y nada dogmática, que se reflejaba en los diversos testimonios que han sobrevivido sobre su vida. No obstante, se advierte en algunos textos un cierto dogmatismo difícilmente reducible a escepticismo. Ahora bien, ¿cómo podemos hablar de un cierto dogmatismo en la filosofía pirroniana? ¿No sería esto la justificación más palmaria de un escepticismo imperfecto, inacabado? Ciertamente, sí. Pero, a su vez, esta cuestión sitúa al de Elis en una comunidad de problemas que proporcionan mayor valor si cabe a su pensamiento escéptico. El más exacto resumen del pensamiento de Pirrón sobre la indeterminación de la realidad, es un texto de una de las obras en prosa de Timón. Este fragmento, contenido en un pasaje de Aristocles que es recogido por Eusebio como ya sabemos, es usualmente referido como un «fragmento» de Timón. Es bastante complicado aclarar las fuentes de las que Aristocles se nutre; el capítulo que dedica a Pirrón y a los escépticos se diferencia de otros en la abundancia de citas; este hecho parece mostrar que disponía de algunos libros desaparecidos, no sólo los de Enesidemo, ya posterior, sino también el Pitón y los Sillos de Timón464. Sin duda, este célebre capítulo constituye la más articulada y precisa fuente de información sobre el pensamiento, en sentido propio y explícito, atribuido a Pirrón. Es evidente que no es verdad que todo lo que podemos conocer de Pirrón venga de Timón, pero ciertamente cualquier interpretación del primero debe contar con el análisis del segundo: si nosotros no pudiésemos descubrir a Pirrón en Timón, no podríamos descubrirlo en ningún otro sitio.

El principio del capítulo de Aristocles que va detrás del capítulo dedicado a Jenófanes y Parménides tiene el siguiente título: «Contra aquellos que seguían a Pirrón, llamados escépticos o «efécticos», que afirman que nada es aprehensible»465. Aristocles quiere resolver un problema gnoseológico desde una posición aristotélica. Para algunos estudiosos, un punto de referencia fundamental para comprender a Pirrón es el capítulo G 3-7 de la Metafísica. Es posible que Aristóteles polemizase contra algunos filósofos determinados que negaban algunos principios fundamentales. Ya Conche había reclamado la atención sobre la necesidad de suponer cierto conocimiento de Aristóteles por parte de Pirrón466, sobre todo como fórmula para explicar el testimonio de Aristocles. Aunque la suposición de Conche, basada en hipótesis difícilmente verificables, es sólo conjetural ha sido, como ya hemos visto467, reconocida en importancia por Reale. Aristocles, por su parte, parece que amplía la crítica de su maestro Aristóteles a Pirrón y, quizá, también a los cínicos; aunque esto sea sólo conjeturable468. Independientemente de todas estas variables, hay que tener en cuenta, al menos, un dato importante: la coincidencia entre el texto de Aristocles y la crítica de Aristóteles.

El relevante texto comienza, en primer lugar, con un problema gnoseológico: «Es necesario primero de todo indagar sobre nuestro conocimiento, puesto que si por naturaleza no conocemos nada (mhd_n pe__kamen gnwr_zein), de nada vale investigar sobre lo demás»469. Esta declaración, que se encuentra al comienzo del pasaje, es problemática: no queda claro si se refiere directamente a Pirrón o es del propio Aristocles. La importancia de esta reflexión viene determinada por la afirmación posterior. Aristocles indica que hubo entre los antiguos algunos que apoyaron esta máxima y fueron replicados por Aristóteles; y que Pirrón de Elis lo dijo con especial énfasis, (_scuse m_n toia_ta l_gwn ka_ P_rrwn _ _Hle_oV470), confirmando, supuestamente, que Pirrón defendió también esta sentencia. Esta mención, no obstante, creo que debe ser matizada: una cosa es lo que diga Aristocles y otra muy distinta lo que pensara Pirrón. En rigor, esta frase no puede ser aplicada a Pirrón, puesto que no dejó nada escrito; además, esta afirmación de Aristocles «tal cual» no hubiese sido sostenida por el de Elis, pues es una declaración dogmática demasiado evidente, una cosa es dogmatizar privativamente al dejar indeterminada la realidad y otra, dogmatizar positivamente sobre el conocimiento. Aristocles establece, a nuestro entender, como punto fundamental apriorístico una condición para el conocimiento que no sería aceptable para Pirrón.

El peripatético presenta su posición inicial ante Pirrón y los pirrónicos. Establece como prioritario, al menos metodológicamente, el conocimiento, lo que verdaderamente interesa; puesto que si llegamos a la conclusión de que no conocemos nada, no tiene sentido seguir investigando sobre las demás cosas, ya que no puede haber conocimiento de ninguna de ellas. Es más, plantea como punto de partida la posibilidad misma del conocimiento, lo cual parece indicar el concepto «pe__kamen gnwr_zein», si partimos como principio de que este conocimiento de las cosas no es posible, no es necesario seguir investigando. Dicho de otro modo, sólo si podemos conocer las cosas, podremos, posteriormente, investigar sobre su propia naturaleza. Si esa posibilidad de conocimiento falla en nosotros, no tiene sentido tratar de alcanzar el conocimiento del mundo externo. Se quiere reafirmar con esta reflexión algo que ya había dicho Aristóteles al comienzo de su Metafísica: «todos los hombres desean por naturaleza saber»471, principio que, a juicio de Aristocles, cuestionaría fuertemente el escepticismo de Pirrón. Trabucco472 sostiene que esta primera reflexión de carácter gnoseológico, es una reducción al absurdo del propio Aristocles; de tal forma, que el sentido de esta frase podría ser hipotéticamente reconstruido de esta forma: si por nuestra propia naturaleza no podemos conocer nada, entonces no hay por qué seguir investigando, ya que el primer presupuesto destruye todo lo posterior. Lo cual está en franca oposición con los postulados básicos que emplea como principios teóricos elementales: «es manifiesto, que (a pesar de todo) también los sentidos, por naturaleza, dicen la verdad (_lhqe_ein p__uke)»473; si hasta los sentidos dicen la verdad, es imposible no conocer nada de la realidad. Así pues, la frase inicial de Aristocles, de tono claramente gnoseológico, no puede atribuirse a Pirrón; de hecho, en ningún lugar tenemos constancia que el pirronismo tuviese necesidad de validación del conocimiento a través de sus objetos. Más bien pensamos que la referencia a que Pirrón defendió esta máxima entre los antiguos, «con especial énfasis», apunta a que este dato puede venir de una fuente intermedia entre (Pirrón) Timón y Aristocles.

Todavía podemos aportar un detalle más a esta controversia que apoya la tesis que venimos defendiendo. Recordaremos que Aristocles criticaba tres actitudes contrarias al criterio aristotélico. La primera estaba dedicada a los que creen que sólo la razón puede dar cuenta del conocimiento: a éstos se refiere en la exposición del capítulo inmediatamente anterior al de Pirrón, es decir el 17. Allí el título decía lo siguiente: «Contra quienes eliminan los sentidos, con Jenófanes y Parménides»474. En este capítulo Aristocles afirma que tanto Jenófanes como Parménides, Zenón y Meliso repudian de raíz los sentidos como instrumentos válidos para conocer, e invalidan las apariencias como lo verdaderamente conocido. También comenta que esta doctrina que rechaza las sensaciones y las apariencias y defiende la credibilidad absoluta en la razón, fue apoyada, posteriormente, por Estilpón (lo cual es interesante, ya que el nombre de Pirrón está muy unido a él en los textos de Cicerón) y los Megáricos475. El método que usa Aristocles es reiterativo: centra en cada capítulo la crítica a cada una de las posiciones que se oponen al criterio aristotélico. De la misma forma, y siguiendo el mismo esquema de crítica, el capítulo dedicado a Pirrón se abre con la crítica a las posiciones del escéptico. Por eso, creemos que el texto inicial que ha motivado toda esta digresión no es más que el principio a partir del cual Aristocles plantea la crítica al escepticismo.

De cualquier forma, este ataque al pirronismo es un error considerable, ya que Aristocles olvida que la suspensión escéptica no es un a priori, una afirmación categórica de la imposibilidad del conocimiento, sino más bien la conclusión natural a la que se llega a lo largo de la investigación. La hipótesis que abre la línea de argumentación, no brota en Pirrón como una petición de principio a partir de la cual se demuestre innecesario investigar la realidad de las cosas; sino que parece ser una consecuencia descrita de la indeterminación de la realidad.

Después de la introducción, Aristocles transmite la noticia de que Pirrón no dejó nada escrito y determina los contenidos posteriores con una cita: «Su discípulo Timón dice...», (_ d_ ge maqht_V a_to_ T_mwn _hs_)476; a partir de ahora no hay duda de la filiación de la información. La primera cuestión que descubrimos en el texto es la calificación «prima facie» de ese mismo pasaje como ético o cognoscitivo. Comienza con un problema referido a la felicidad, pero interviene inmediatamente el conocimiento. Para ser feliz -dice Timón- hay que tener en cuenta lo siguiente: primero, atender a cómo son por naturaleza las cosas; segundo, qué actitud tomamos ante ellas y tercero, cuáles son las consecuencias de esa actitud. Este planteamiento, como podemos observar, tiene una intención predominantemente ética: el resultado de los principios pirrónicos es la adquisición de la tranquilidad de ánimo, imperturbabilidad o ataraxia477. Tenemos aquí uno de los nexos entre teoría y práctica que van a caracterizar el pensamiento de Pirrón. La cuestión puede plantearse de la siguiente manera: la conquista de la ataraxia tiene irremediablemente que empezar por la pregunta de cómo es la realidad y si ésta puede ser determinada y conocida. Por tanto, es el amor a la sabiduría, la necesidad de conocer, lo prioritario y lo único que puede llevarnos a la felicidad.

El hombre que quiera ser feliz, debe ocuparse de estas cosas, y esta ocupación tiene, decimos nosotros, que estar presidida por la prudencia, pues, no debe dar nada por hecho. La primera pregunta: ¿cómo son por naturaleza las cosas (_po_a p__uke t_ pr_gmata), no es original. Esta cuestión no era nueva en la filosofía griega, al contrario: era la cuestión básica478. A esta pregunta Pirrón contesta, según el pasaje de Timón, «que las cosas eran igualmente indeterminadas, sin estabilidad e indiscernibles (_di__ora ka_ _st_qmhta ka_ _nep_krita)». Esta respuesta que sólo apela a las dudas que tenemos sobre el conocimiento de la realidad, hace inevitable la discusión. Ya sabemos que para el «idealismo» especulativo de Platón y Aristóteles que surgía de parte de la tradición presocrática, la función del pensamiento era pensar el ser, lo que es. Esta idea en ningún momento se pone en cuestión: es decir, se entiende y se habla del ser y de los seres (ónta), sin plantear críticamente nada acerca de ellos; como si de una creencia natural se tratase. Es más, la metafísica y el «idealismo» especulativo siguen sin poner en cuestión que haya «ser», ni la verdad como verdad del ser. Vivimos sobre la base de una creencia fundamentada en la idea del ser, en la metáfora del ser y en el olvido de las cosas que fueron su origen. Pirrón mantiene que esas cosas de las cuales nos olvidamos son indeterminadas479 e inconsistentes, por lo que cualquier discurso sobre ellas es, por tanto, un discurso indeterminado a su vez, al tener que referirse a las cosas mismas indeterminadas. Si en los eléatas y en el propio Demócrito había que rechazar la información de los sentidos, y por tanto las cosas que mostraban, pues no eran «verdadero ser» (en los eléatas) o «verdadera naturaleza» en Demócrito; en Pirrón no sólo se pone en cuestión el ámbito de los sentidos480 (en lo que coincide con los anteriores), sino también el ámbito de la razón.

Esta caracterización puede ser entendida básicamente de dos fórmas:

1.- Podemos entender, como hace Long481, que si bien los tres adjetivos han sido interpretados más en un sentido descriptivo que modal, el segundo y el tercero astáthm_ta kaì ánepíkrita al tener una terminación en tòs pueden significar posibilidad o necesidad. Esta idea nos llevaría a interpretar el significado del pasaje de la siguiente forma: las cosas no son aprehensibles, no por estar indeterminadas, sino por la inexistencia de una relación cognoscitiva válida entre el sujeto y el objeto; dicho de otro modo, por producirse una ruptura entre lo percibido y la supuesta realidad. En este caso, el énfasis se establece en la existencia de una clara ruptura entre lo percibido y la realidad, a la que no podemos llegar por la mediación de los sentidos, que supuestamente la refleja. Esta declaración presupone, en cierto modo, una inequívoca teoría del conocimiento firmemente establecida. Según esta interpretación, la declaración pirrónica tendría un carácter epistemológico y no descriptivo como el que acabamos de suponer. Este modelo, también sugerente, es el que sigue Stough482; su interpretación es paradigmática en cuanto a la caracterización epistemológica del pensamiento de Pirrón. En este sentido, según Stough, el término pirroniano adiáphora no se refiere tanto a la descripción de las cosas sino a la imposibilidad que tiene el sujeto de distinguir la naturaleza de las mismas. Esta interpretación presupone una relación entre la cosa observada y el sujeto que conoce en la que las posibilidades de distinguir las cualidades del objeto serían nulas y, por tanto, su naturaleza no podría ser conocida.

2.- También podemos entender que las cosas son indiferenciadas entre sí, de tal forma que la inaprehensibilidad no es consecuencia de la falta de una relación cognoscitiva válida entre un sujeto que percibe y las cosas objeto de percepción, sino de la propia indeterminación de las cosas que impide un conocimiento válido de ellas. En este segundo caso, el énfasis se establece no tanto en la relación sujeto-objeto, sino en la indeterminación misma de las cosas que impide un conocimiento determinado, estable de la realidad. En uno u otro sentido, el hombre debe permanecer sin opinión en el estudio de la naturaleza, dado que ni siquiera una simple opinión puede ser segura como tal, pues presupone algún tipo de determinación de la cosa de la que procede, que no se da483. Es significativo, sin embargo, que en este texto Pirrón parece estar invitando más a reflexionar sobre la naturaleza de las cosas y a la observación de las cosas de la naturaleza y no tanto a un descubrimiento de los límites del conocimiento humano. Así pues, «adiáphora» debe entenderse, por tanto, como referido a las cosas484, lo cual conduce a hablar de la indiferencia de los objetos, es decir, indiferencia objetiva y no indiferencia subjetiva del individuo que conoce. En este segundo caso, no nos estaríamos refiriendo a la relación entre el sujeto que percibe y la cosa percibida que, según nos parece, no está presente en el texto. De las cosas, pues, que son indistinguibles e indeterminadas, no cabe, pues, ningún informe ya que el conocimiento que tenemos de ellas no puede ser usado ni como verdadero ni como falso. Pirrón intenta orientarse entre el mundo pero se da cuenta de que su intento es inútil; por tanto, ninguna propuesta escéptica puede venir dada, ni por la negación de esas cosas, ni por la negación de la capacidad misma de orientarse entre ellas; sino más bien por la imposibilidad de superar esa perplejidad frente a la indeterminación de la realidad. Por eso, Pirrón no niega la posibilidad de investigar qué son las cosas485, sino que duda de que podamos descubrir qué son por naturaleza, al ser indeterminadas e indiscernibles.

Podemos hacer, todavía, una observación más. La secuencia lógica en la que aparecen los argumentos en el texto avalan la hipótesis que estamos defendiendo. De manera natural, si las cosas son indeterminadas, sin estabilidad e indiscernibles, entonces «por esta razón (di_ to_to), ni nuestras sensaciones (m_te t_V a_sq_seiV _m¢n) ni opiniones (m_te t_V d_xaV) son verdaderas o falsas». Pongamos el acento en el «di_ to_to». En primer lugar, Pirrón no toma como punto de partida nuestra facultad cognoscitiva para concluir la indeterminación o incognoscibilidad de las cosas, sino que es al contrario: de la naturaleza de las cosas486 se deduce o se concluye la imposibilidad de tener sensaciones o juicios que sean verdaderos o falsos; lo cual conduce a una continua incertidumbre en las sensaciones que tenemos y en las opiniones que exponemos sobre ellas487. Por tanto, no hay que entender a_sq_seiV y d_xaV (conceptos que indican cierta antigüedad del léxico de Aristocles) en el sentido de dos facultades distintas u opuestas488, sino simplemente alusión a las sensaciones y opiniones (Platón usaba la misma terminología en el Teeteto, refiriéndose a Protágoras) que tenemos sobre las cosas. Aquí creo que puede estar una de las claves del pensamiento de Pirrón pues, existe una crítica tanto a las sensaciones como a los juicios que tenemos o hacemos sobre t_ pr_gmata. Pero todavía hay algo más, Pirrón califica esos juicios de dóxai con lo cual está criticando, en la misma línea que la tradición abderita, no sólo los datos perceptivos de los sentidos, sino también los juicios u opiniones que podemos tener sobre las cosas. Hay, pues, una actitud escéptica de Pirrón frente al conocimiento. No habla de lógoi sino de dóxai, preferencia terminológica que viene apareciendo en las reflexiones sobre el conocimiento desde el mismo Jenófanes.

Existe, pues, un cierto dogmatismo ontológico en la caracterización de la realidad. Esta eliminación, en cierto modo, de la realidad como tema del discurso es una idea ciertamente dogmática. Una reducción muy simple de esta imagen la encontramos en el escoliasta de Luciano cuando en un pasaje comenta que el propio Pirrón tenía como objetivo eliminar toda la realidad: «Pirrón primero pintor, se convirtió luego en filósofo y tenía como objetivo eliminar toda la realidad (p_nta _naire_n t_ _nta)»489. ¿Qué significa eliminar toda la realidad? Es evidente que el escoliasta atribuye una actitud dogmática a Pirrón, posiblemente atraído por la indeterminación a la que el de Elis somete a la realidad. En su descargo podemos afirmar que esta renuncia no es a priori, sino que a ella se llega después de reflexionar sobre las cosas mismas: reflexión que intenta liberarnos de la servidumbre de las opiniones y de las creencias en el plano del conocimiento.

El texto de Aristocles, por tanto, no aporta ninguna base que justifique la aceptación de una teoría del conocimiento sistemática en Pirrón. Sí que aventura la existencia de una reflexión ontológica sobre la naturaleza de las cosas que puede caracterizarse como escéptica en el planteamiento: aunque no hay un intento de justificación epistemológica de la doctrina por parte de Pirrón, sí que existe cierta preocupación cognoscitiva; de otra forma, no entenderíamos cómo es capaz de declarar «lo que son las cosas», sin haber investigado, primero, sobre ellas y haber llegado a algunas conclusiones sobre el conocimiento que tenemos de las mismas. Así tiene que entenderse la última parte del texto, después de negar validez a las sensaciones y a las opiniones, dice Timón:
«Por tanto, no debemos poner nuestra confianza en ellas, sino estar sin opiniones, sin prejuicios, de modo impasible, diciendo acerca de cada una (per_ _n_V _k_stou l_gontaV), que no más es que no es o bien que es y no es [al mismo tiempo], o bien ni es ni no es»490.
Aquí aparece claramente la declaración escéptica por excelencia, la cual está dividida en tres sentencias:

1. Que no más es que no es (_ti o_ m_llon _stin _ o_k _stin).

2. O bien que es y no es [al mismo tiempo] (_ ka_ _sti ka_ o_k _stin).

3. O bien ni es ni no es (_ o_te _stin o_te o_k _stin).

La fórmula ou mâllon es esencialmente escéptica; es un lugar común en los escritos escépticos y ciertamente usada en Timón. Como hemos visto, puede tener un fuerte antecedente en Demócrito491. Si la realidad que percibimos, según el atomisno, no es la verdadera realidad, si la miel, pongamos por caso, no es la verdadera realidad, ni su sabor tampoco, pues sólo es por naturaleza átomos y vacío, el siguiente paso será pensar que no podemos afirmar ni que ésta sea dulce ni que sea amarga o que sea dulce o que no lo sea, pues esto depende de las circunstancias y de los propios estados del individuo al recibir los impactos de los átomos. Así pues, podríamos decir que Demócrito, condicionado por la aceptación de la realidad (átomos y vacío), descubre cierta imposibilidad de dotar de coherencia a lo que aparece frente a lo que es, que sí la tiene. Pirrón aplica esa indeterminación (no sabemos en el fondo si es coherente o no la realidad) a la realidad, a lo que son las cosas por naturaleza. Esta actitud lleva a Demócrito a proponer el conocimiento de la realidad a través de la razón, al ser la única posibilidad de acceso a los átomos y al vacío; mientras que a Pirrón de Elis lo lleva a la desconfianza tanto de los sentidos como de la razón y, por consiguiente, al ou mâllon en sentido suspensivo492. Así también, hay que interpretar un fragmento de Galeno sobre Pirrón coincidente con lo que hemos observado hasta ahora, pues lo caracteriza como «skeptikus» y advierte que «(Pirrón) buscando la verdad y no encontrándola dudaba en torno a todas las cosas»493. La imagen de Pirrón que difunde este texto coincide con la que estamos manteniendo, pues presenta a un Pirrón que simplemente se enfrenta con las cosas y que no encontrando ninguna solución a la cuestión planteada, decide «no más es que no es».

Las fórmulas 2 y 3 también tendemos a pensar que están fundadas en textos pirrónicos. Focio testimonia en el sumario de Enesidemo un paralelo con un argumento pirrónico494 que no cabe duda fue recogido de la tradición escéptica. Reale argumenta a partir de estas tres sentencias que Pirrón negó el principio de contradicción. Sin embargo, esta idea no está plenamente justificada. Si el análisis de (1) es correcto y (2) y (3) son fórmulas genuinamente pirronianas también, de ahí no se sigue la negación del principio de contradicción. Desde nuestro punto de vista, (2) y (3) deben entenderse como equivalentes de (1), ellas vienen a decir la misma cosa. Pero el sentido de (1) no niega claramente el principio de contradicción. (2) y (3) podrían haber sido construídas como variantes retóricas, presentadas en forma paradójica del «no más» escéptico. (2) y (3), por tanto, no podrían ser tomadas en sentido literal y su valor vendría mediado por la formula nuclear (1). Puede confirmar este sentido el testimonio posterior de Aulo Gelio, tomado de Favorino. Para explicar esta cuestión, Gelio recurre a la relación existente entre el objeto y las afecciones que tenemos de él. De ellas, podemos estar seguros pues las tenemos, nadie duda de lo que siente, pues lo siente, pero no podemos formular juicios aseverativos ni acerca de las afecciones, ni acerca de los objetos de los que se supone son aquéllas reflejo, ya que la confusión es tal que se impone una actitud prudente que lleve como consecuencia a la suspensión del juicio mediante la expresión pirroniana: «no es más de este modo que de aquel modo o que de ninguno de ellos (o_ m_llon o_twV _cei t_de _ _ke_nwV _ o_qet_rwV)»495. Es posible hasta que Favorino estuviese aludiendo, porque lo conociese, a este pasaje de Timón que estamos estudiando. En suma, tiendo a preferir este análisis a cualquier otro, pues con esta interpretación, aunque existe cierto dogmatismo ontológico por la respuesta ante la pregunta ¿cómo son las cosas? (indeterminadas, sin estabilidad e indiscernibles), no añadimos una afirmación positiva dogmática asegurando que «son y no son» a la vez.

Sobre el fondo de esta indiferenciación de base se desarrolla la teoría pirroniana de la acción. El escéptico debe actuar y continúa su búsqueda, pero no en el sentido de tener un programa activo de investigación, sino en el sentido de continuar mirando a las cosas como cuestión abierta. Para ello, debe reconocer lo que aparece, el fenómeno. La importancia general de este fragmento es evidente porque revela qué fundamento utilizaron los escépticos para poder tomar la vida como guía y criterio, y evidencia cuáles fueron los desarrollos de la posición genuina de Pirrón. Así, puesto que las cosas son indiferenciadas, la elección se torna imposible, puesto que la igualdad de razones para preferir «a» o «b» radica en la interioridad del sujeto que le impide traducir su actitud en alguna acción, ya sea, desde un punto exterior, consecuente o ya sea extravagante. A partir de aquí la crítica de los dogmáticos va dirigida contra la imposibilidad de actuación. La respuesta técnica y organizada de los escépticos será hablar del «fenómeno» como criterio de existencia, como criterio empírico, al menos en lo que corresponde al primer nivel proposicional de la existencia real. Estar en un constante estado de total incertidumbre sobre si p o no-p es el caso induciría a un estado de profunda ansiedad y no de ataraxia. El escéptico también debe decidir mínimamente. Ahora bien, ¿se puede hablar de este criterio en Pirrón? ¿Lo encontramos de manera latente o explícito en él? Esta será la cuestión que trataremos de resolver en el siguiente epígrafe.



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