El escepticismo antiguo: posibilidad del conocimiento


Timón de Fliunte: el portavoz de las doctrinas de Pirrón



Download 1.84 Mb.
Page2/25
Date conversion14.06.2018
Size1.84 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   25

1. Timón de Fliunte: el portavoz de las doctrinas de Pirrón.
Parece obvio que tenemos que empezar por los testimonios aportados por Timón, que es, para unos, un mero repetidor de las ideas de Pirrón y, para otros, su mejor discípulo. Observamos, en primer lugar, que, por suerte, Timón es menos escrupuloso, en lo que a la escritura se refiere, que Pirrón de Elis y nos deja numerosos textos sobre su maestro. Sus fragmentos construyen un espacio desde el cual determinar y estudiar, en la medida de nuestras posibilidades, los puntos originales del iniciador del escepticismo. Estamos, pues, ante un testigo de excepción; según Sexto, Timón fue el verdadero sucesor de Pirrón, el heredero de sus doctrinas filosóficas, su portavoz6.

Timón nació en Fliunte alrededor del 325 a.C. y murió en Atenas hacia el 235. Parece seguir a su maestro «casi» en todo, ya que, como dice Diógenes Laercio, no tomó a Pirrón por un modelo en todas las cosas, pues no se resignó a la pobreza de éste, ni tampoco tuvo esa gravedad y dignidad que conquistaron a sus conciudadanos7. Aunque escribió obras como poemas épicos, tragedias, sátiras, treinta y dos obras cómicas etc., nosotros nos vamos a ocupar de los escritos que tienen algún interés filosófico. Aunque queda un número escaso de testimonios, no hay que ser pesimistas al respecto, porque cualitativamente los que se encuentran en Los Sillos y Las Imágenes aportan una información fundamental. Además, el hecho de haber sido compuestos en verso permiten dar en cada caso una prueba de autenticidad de la información que exponen.

Tenemos noticias, en primer lugar, de un escrito con el título «P_qwn» (Píth_n)8, en el cual se supone que Timón contaba su encuentro con Pirrón y los diálogos filosóficos que se habrían producido entre ambos. De esta obra tenemos muy pocas referencias; Diels, por ejemplo, en la recomposición que hace de los fragmentos de Timón, sólo convoca dos: el primero, concerniente a la interpretación de la fórmula escéptica O_ m_llon9, y el segundo, referido a que no se apartaba de las costumbres10. Además de esta obra, nos han llegado fragmentos de otras como «To_V S_lloiV» (los Sillos)11 y «To_V _Indalmo_V» (Las Imágenes)12: algo más de diez versos de las Imágenes13 y unos pocos menos de ciento cuarenta de los Sillos14. De sus escritos en prosa tenemos referencia de uno titulado «Per_ a_sq_sewn» (Sobre las sensaciones)15 en el que parece presentar los razonamientos críticos sobre el conocimiento sensible y un tratado «Pr_V to_V _usiko_V» (Contra los físicos), al que alude Sexto Empírico16. Por último, Diógenes Laercio recuerda una obra con el título «'Arkesil_ou peride_pn_» (Arcesilao, De las cenas)17 en la que encomia a Arcesilao después de tratarlo tan mal en sus sátiras.

De todos estos textos, el más importante, al menos por la cantidad de versos que han sobrevivido, es el llamado los Sillos. Sus contenidos, no obstante, son casi por entero bastante polémicos, su aporte filosófico es insuficiente, pero pueden sorprender en algún caso. Su tono, agresivo e insultante en bastantes ocasiones, demuestra la hostilidad que Timón tenía a todos los dogmáticos en general. Por el contrario, su indulgencia hacia otros autores, no considerados dogmáticos, proporciona unas noticias nada desdeñables. Así, trata con especial favor al eleatismo (Parménides y Meliso), elogia a Demócrito por su capacidad de examinar el pro y el contra en las discusiones, a Protágoras lo alaba por su agnosticismo teológico y valora por encima de todos los predecesores de Pirrón a Jenófanes, quien a pesar de su dogmatismo, fue capaz de realizar una excelente autocrítica.

Según la reconstrucción de Diels18 la estructura de este poema quedaría así. En el primer libro se describen dos escenas diversas: una batalla entre los filósofos es el contenido de la primera y una pesca de filósofos el de la segunda. Dal Pra la califica como «una terrible logomaquia»19 en la que los filósofos, que están siempre tan ávidos de discusión, disputan unos con otros utilizando sus teorías. La pesca de los filósofos alude a la controversia entre los filósofos dogmáticos y los anti-dogmáticos. En el segundo libro, se recogen las sátiras que lanzaba Timón contra los filósofos antiguos, mientras que en el tercero le tocaba el turno a los filósofos más modernos. Esta reconstrucción de Diels es una hipótesis aventurada; sin embargo, independientemente del valor que pudiésemos darle a esta conjetura, los juicios que pronuncia Timón sobre los filósofos antiguos y los de su época proporcionan numerosos elementos que tienen importancia por sí mismos. Así, si bien Timón no es un filósofo, en el sentido tradicional del término, sus reflexiones poético-filosóficas ofrecen un horizonte fundamental para situar a su maestro tanto en su vertiente práctica como filosófica, atendiendo principalmente a las influencias que recibió: si toda colaboración es misteriosa, ésta entre la poesía y la filosofía lo es todavía más, aunque nos ofrece una oportunidad interesante para aclarar el comienzo del escepticismo con Pirrón de Elis.

Evidentemente, la actitud de Timón frente a la filosofía es tributaria del pensamiento de su maestro. Existe, pues, una sintonía teórica entre los presupuestos filosóficos de Timón y los postulados de Pirrón fácilmente perceptible. Desde esta óptica, los juicios que Timón expresa sobre los filósofos proporcionan admirables noticias sobre el grado de identificación o de oposición del escepticismo con algunos de ellos. Estos testimonios tienen, por tanto, una gran trascendencia para el encuadre y determinación de la tradición en la que se va a incluir Pirrón.

Entre los pasajes antiguos que conservamos acerca del alcance del escepticismo pirroniano20, merece especial interés un texto que no es de Timón pero se remite a un testimonio directo suyo. Este pasaje recogido por Eusebio en su Praeparatio Evangelica, XIV, 18, 1-30: MIGNE, P.G., XXI, 1215-125821 presenta la célebre polémica de Aristocles contra los escépticos. El texto es un extracto del libro VII Perì philosophías de Aristocles, en el que se refutaba la base teórica del escepticismo desde un punto de vista aristotélico. La parte final está constituida por un extracto de la biografía antigonea de Pirrón, que veremos con bastante atención en Diógenes Laercio.

Se suele decir, que la exposición de Aristocles, a través de los testimonios de Timón, sobre las teorías escépticas de Pirrón fundamenta la caracterización del de Elis como la primera actitud conscientemente escéptica frente al conocimiento humano. Por tanto, si esta conjetura es correcta, la importancia de este pasaje es doble: en primer lugar, porque este texto, si nos remitimos a lo que nos dice Timón, refleja concretamente el pensamiento de Pirrón; y, en segundo lugar, porque esta exposición de Timón adquiere un valor especial al provenir de Aristocles, un aristotélico que tiene razones manifiestas para criticar el escepticismo del de Elis. Podemos encontrar, obviamente, cierta falta de objetividad de Aristocles al presentar toda esta cuestión. Contando con este inconveniente, es evidente que nadie puede obviar la función del intérprete, por ello hay que tratar de determinar las dificultades que puede plantear esta fuente y detectar los errores.

Este pasaje de Timón se encuentra situado en una amplia exposición crítica del pirronismo. Esta crítica no es la única, sino que se encuentra enmarcada, como un eslabón más, en otra más amplia dirigida contra otros filósofos como Jenófanes, los Eléatas, los Megáricos (en el libro 17 de la misma obra), los Cirenaicos (libro 19), Metrodoro de Quíos y Protágoras (libro 20) y los Epicúreos (libro 21). Aristocles intenta resolver una cuestión fundamental: ¿cómo conocemos la verdad? En su respuesta ensaya tres posibles soluciones: o es a través de los sentidos, o a través de la razón, o por la interacción de los dos.

El método seguido por Aristocles está literalmente copiado del seguido por Aristóteles en el libro A de su Metafísica. Aquí, este último afirma, apoyándose en la verdadera teoría de la causalidad (a saber que las causas se dicen de cuatro maneras), que los filósofos que le han precedido han sabido ver sólo partes de la verdad, incapacitados para aprehender toda la verdad. Posición esta última que conduce a la definición de la verdadera teoría del conocimiento, y remite a la acción conjunta de los sentidos y la razón en la comprensión de toda la realidad, teoría aristotélica que es seguida, completamente, por Aristocles. La reflexión correcta surge, pues, de la asociación de estas dos instancias cognoscitivas: «Una vez convencidos -observa-, podemos decir que reflexionan correctamente (_rq¢V _iloso_e_n) quienes asocian los sentidos y la razón (t_V a_sq_seiV ka_ t_n l_gon) para el conocimiento de las cosas (_p_ t_n gn¢sin t_n t¢n pragm_twn)»22.

Esta posición frente al conocimiento sirve de sustitución de aquellas otras que se equivocan en su intento por alcanzar la verdad de las cosas, sin contar con el amparo de los sentidos y la razón. Estas equívocas actitudes pueden resumirse en tres:

1.- Los que creen que se alcanza el conocimiento por medio de la razón, sin apelar a ninguna instancia de carácter sensible (Eléatas y Megáricos).

2.- Los que creen que se alcanza el conocimiento por los sentidos, sin que la razón intervenga para nada en el proceso del saber (Protágoras y los Cirenaicos).

3.- Y los que creen que no se alcanza el conocimiento ni por los sentidos ni por la razón (los Pirrónicos).
Esta disputa centra parte del problema gnoseológico que Aristocles quiere resolver. Desde una posición aristotélica, en la que el conocimiento surge de la alianza entre los sentidos y la razón, Aristocles critica con toda precisión estas tres actitudes que están, claramente, en oposición al criterio aristotélico. Con las dos primeras teorías filosóficas hay diferencias de opinión, pero con los pirrónicos el problema es más profundo como veremos.

Los filósofos pre-aristotélicos defienden sólo lo que es una parte, un aspecto de la verdad, por lo que su discurso puede ser subsumido en el discurso aristotélico. Sin embargo, con los pirrónicos la controversia cambia con ellos, lo que está en cuestión es la filosofía misma; de ahí que la posición de Aristocles frente al pirronismo esté muy clara: critica a Pirrón y a los pirrónicos que adoptan una posición filosófica que niega alguno de los fundamentos de la lógica; pues invalida los principios que hacen posible la filosofía, al declarar que las cosas «no son más esto que aquello», «son y no son al mismo tiempo» y «ni son ni no son».

El texto, que cito por extenso, comienza con este título:
«Contra aquellos que seguían a Pirrón, llamados escépticos o »efécticos«, que afirman que nada es aprehensible»
y declara lo siguiente:

«Es necesario primero de todo indagar sobre nuestro conocimiento, puesto que si por naturaleza no conocemos nada, de nada vale investigar sobre lo demás. Ha habido efectivamente, entre los antiguos, algunos que afirmaron esa máxima, a quienes replicó Aristóteles. Y Pirrón de Elis lo dijo con especial énfasis, pero no dejó nada escrito; sin embargo, su discípulo Timón dice que quien quiera ser feliz ha de estar atento a estas tres cosas: primero, al modo como son por naturaleza las cosas; segundo, qué actitud debemos adoptar ante ellas; y en fin cuáles serán las consecuencias a los que se comporten así. Dice que aquél [Pirrón] declaraba que las cosas eran igualmente indeterminadas, sin estabilidad e indiscernibles. Por esta razón, ni nuestras sensaciones ni opiniones son verdaderas o falsas. Por tanto, no debemos poner nuestra confianza en ellas, sino estar sin opiniones, sin prejuicios, de modo impasible, diciendo acerca de cada una, que no más es que no es o bien que es y no es [al mismo tiempo], o bien ni es ni no es. Quienes en verdad se encuentran en esta disposición, Timón dice que tendrán como resultado primero la afasia y después la ataraxia»23.
En este pasaje aparece lo que podemos denominar posición pirroniana genuina con una triple dimensión fácilmente observable, pero difícilmente soluble. Nos encontramos con una dimensión metafísico-ontológica (Timón dice que Pirrón declaraba que las cosas están indeterminadas, sin estabilidad e indiscernibles), gnoseológica (debido a lo anterior ni nuestras sensaciones ni nuestras opiniones son verdaderas o falsas) y de praxis vital (como consecuencia, el hombre queda sin opiniones, impasible y tiene como resultado la afasia y la ataraxia). Esta disposición pirroniana viene enmarcada por la afirmación de que no conocemos nada, posición que no es original de Pirrón sino, según Aristocles, de algunos filósofos antiguos, lo original en Pirrón es que defendió la misma postura aunque con especial énfasis.

Ciertamente, Aristocles no dice quiénes son esos filósofos relacionados con Pirrón, pero sí que los determina aportando un dato fundamental, y es que los identifica con los mismos a «los que replicó Aristóteles». Trabucco afirma que Aristóteles se refiere, evidentemente, a Protágoras y sus seguidores, citando los pasajes siguientes de la Metafísica, 1007 b 20-25, 1053 a 35 y 1062 b 12-19 como ejemplos de esta polémica antiprotagórea24; si bien es cierto, aclara Trabucco, que el Estagirita interpretaba la doctrina de Protágoras escépticamente25. Reale, por su parte, afirma que son los Megáricos el blanco de la primera crítica de Aristóteles por negar el principio de no-contradicción26. De acuerdo con este paralelismo, pero no con las consecuencias a las que llega Reale, Tomás Calvo27 admite también que hay razones suficientes para suponer que Aristocles se está refiriendo a la crítica del libro cuarto de la metafísica, en particular a los capítulos cuarto y quinto, donde Aristóteles replica a los negadores del principio de no-contradicción. Añadiendo que Aristóteles distingue dos tipos de negadores del citado principio: «los que lo niegan por mero afán de discutir, y aquellos que se encuentran en un estado de perplejidad al respecto». Según esta conjetura, la crítica de Aristocles28 aparecería solidaria con la de su maestro Aristóteles, el cual, en un pasaje curioso del libro cuarto de la Metafísica, realiza una crítica dialéctica, ad hominem, dirigida contra aquellos que rechazan básicos principios lógicos29 y aquellos otros que dicen que las cosas son y no son al mismo tiempo30, con lo cual el pensamiento queda bloqueado, al no poder declarar nada si se rechazan los mencionados principios lógicos. En este sentido, creemos que Aristóteles concluye en clara referencia a lo que podríamos designar como «suspensión del juicio»:

«Pero se puede demostrar por refutación también la imposibilidad de esto, con solo que diga algo el adversario; y, si no dice nada, es ridículo tratar de discutir con quien no puede decir nada, en cuanto que no puede decirlo»31.
Decididamente, el texto de Aristocles está dentro de una amplia problemática, que ya había sido tratada por Aristóteles y que está constantemente actuando en su referencia a la filosofía de Pirrón. Aristocles presenta la filosofía de Pirrón como un pensamiento encajado en una tradición escéptica más amplia. Esta descripción, asumida por los propios pirrónicos, tiene en Aristocles características propias, pues él presenta el pensamiento pirroniano como el final de un movimiento que le antecede, mientras que para escépticos como Sexto, Pirrón representa el momento inicial de una tradición que recoge radicalizándola una línea de pensamiento precedente claramente escéptica.

2. Cicerón: la tradición académica.

Si sólo hubiesen sobrevivido los pasajes en que Cicerón habla de Pirrón, nunca hubiésemos sospechado que éste fuese un escéptico. Ni una sola vez hace Cicerón alusión a la duda pirrónica o a la abstención del juicio de Pirrón. Este detalle es más curioso porque cronológicamente Cicerón es el autor más cercano a Pirrón y coetáneo al escepticismo de la Nueva Academia. Sin embargo, los testimonios que transmite son mínimos e insuficientes. Cicerón anuncia las dificultades que podemos encontrar en una investigación sobre Pirrón, pues si el autor más cercano no reconoce en su pensamiento principios escépticos, qué ocurrirá con aquellos autores que están más alejados cronológicamente de él.

El libro más importante de Cicerón para conocer el escepticismo son sus Cuestiones Académicas32. El proceso de creación de esta obra es un tanto confuso. Parece ser que después de haber escrito su exhortación a la filosofía en su libro «Hortensio», Cicerón discute sobre el problema del escepticismo académico en sus Cuestiones Académicas, lo cual confiesa Cicerón a su amigo Ático en una carta. Aunque en esta carta no se hace explícita referencia a las Cuestiones Académicas, se suele sospechar por la fecha, que la alusión es a esta obra33.

Al parecer hubo tres redacciones. La primera comprendía dos libros que son llamados, Cátulo y Lúculo34; en la segunda se sustituía a los dos personajes anteriores por Catón y Bruto por ser éstos últimos más versados en filosofía; colocando a Catón el Uticense como seguidor del estoicismo y a Marco Junio Bruto como defensor de las doctrinas de Antíoco. Y, por último, una tercera que constaba de cuatro libros, teniendo como interlocutores a Varrón, al propio Cicerón y a Ático35. De todas estas composiciones, sólo ha llegado hasta nosotros el libro segundo de la primera redacción, llamado Lúculo, y el primero, aunque incompleto, de la tercera redacción36.

Todavía encontramos otro problema adicional: el nombre de la obra; para Reid, por ejemplo, el título «Academicae Quaestiones» es incorrecto. El error, según él, nace posiblemente de una imitación del título «Tusculanae Quaestiones», lo cual vendría dado por la falsa noción de que el libro de las Académicas se habría escrito en una villa que tenía Cicerón cerca de Puteoli llamada «Academia», de la misma forma que las Tusculanae habían sido escritas en la villa de Tusculum. Si esto fuera cierto, el título haría referencia sólo a las cuestiones tratadas en la villa, intención inadecuada para una obra que pretendía ser una exposición completa de los problemas y principios de toda una escuela como era la representada por Arcesilao y Carnéades.

Pasando a la obra, Cicerón cumple en este tratado una tarea importante como traductor de términos griegos a términos latinos. Podemos citar, a modo de ejemplo, las siguientes palabras referidas a conceptos centrales del escepticismo:

-_poc_: traduce Cicerón por «adsensionis retentio», suspensión del asentimiento; podemos remitir, por ejemplo, a dos pasajes de sus Académicas, II, XVIII, 59 y XXXII, 104.

-sugkat_qesiV: lo traduce por «assensum», véase II, XII, 37 y 39; XVIII, 59; XXI, 68; XXIV, 78 y XXXIII, 108.

-_antas_a: lo traduce por «visum»; lo podemos ver en I, XI, 40-42; II, VI, 18; X, 30; XVII, 52; XVIII, 58; XX, 66 y XXXII, 103.

-katalhpt_V: lo traduce por «comprehendibile»37 ver I, XI, 41-42.

Sirvan estos pocos ejemplos para entender la riqueza de los Académicas de Cicerón en lo que se refiere a la traducción de términos griegos a la lengua latina. Esto es importante si pensamos que las Cuestiones Académicas inauguran una línea de interpretación muy valiosa en la historia del escepticismo, aunque bien es cierto que esa interpretación, que persiste de manera extraordinaria en toda la tradición que tiene a Cicerón como fuente prioritaria, necesita algunas matizaciones.

Estas primeras consideraciones muestran que Cicerón es un pensador un tanto discutido. Su filosofía, si se la puede llamar así, no es ciertamente original; sin embargo, sus escritos son trascendentales pues proporcionan unos retratos, a veces impecables, de las doctrinas de su tiempo. En su obra aparecen huellas de todos los movimientos fundamentales de su época (epicureísmo, estoicismo y escepticismo), que son particularmente importantes como fuentes para el estudio de la historia del pensamiento.

Las Cuestiones Académicas tratan de describir más que de valorar, en lo que se refiere principalmente a la teoría del conocimiento, los fundamentos del escepticismo académico. Cicerón, como autor filosófico, se sitúa en un escepticismo moderado propio de la corriente escéptica denominada «Nueva Academia». La primera declaración de su pertenencia filosófica al escepticismo aparece en I, IV, 13, cuando su amigo Varrón recoge, extrañado, un comentario según el cual ha abandonado la Antigua Académica y se ha adscrito a la Nueva38. Cicerón contesta a esta pregunta afirmativamente declarando, además, que las teorías más recientes de la Nueva Academia corrigen y enmiendan los errores de la Antigua. Fijémonos que, al menos en el texto, Antigua y Nueva Academia se encuentran relacionadas; aquí radica el primer problema de esta fuente: la distinción entre la Antigua y la Nueva Academia. Para Cicerón, el escepticismo es una actitud propia y única de la academia platónica, de ahí que cuando nombra los antecedentes del escepticismo se refiera solamente a la declaración socrática «sólo sé que no sé nada». Platón es, en definitiva, el tronco del que surge el escepticismo, pues en sus libros nada se afirma y todo se discute en un sentido y en otro39. Esta lectura escéptica de Platón puede ser excesiva, aunque comprensible en un contexto de lucha contra el estoicismo en el que una autoridad como Platón podía servir de mucha ayuda dialéctica contra los estoicos, los eternos enemigos.

Aunque la tradición en la que se sitúa Cicerón va a ser fundamentalmente académica, no une la doctrina de Pirrón a la de los creadores del escepticismo de la Academia. Es más, Cicerón no reconoce en la filosofía de Pirrón ningún elemento gnoseológico que pueda ser considerado cercano al escepticismo; mientras que autores como Demócrito, Anaxágoras, Empédocles, Sócrates y Platón forman parte de este movimiento que dice que nada puede conocerse, nada percibirse, nada saberse40.

Es, pues, en esta tradición gnoseológica en la que no aparece Pirrón. Todo el escepticismo surge, a juicio de Cicerón, de Arcesilao, escolarca de la Academia platónica, que convierte la tradición socrático-platónica en una filosofía escéptica41, que no deja de ser un tanto moderada dentro del escepticismo entendido en sentido amplio. Son, pues, las teorías de Arcesilao el punto de partida de todo el escepticismo: los problemas cognoscitivos del escepticismo son consecuencia, según esta idea, del desarrollo de las cuestiones platónicas. Al desconocer el escepticismo de Pirrón, Cicerón presenta a Arcesilao como un verdadero escéptico que incluso va más lejos que el propio Sócrates en la negación de toda la ciencia42. Además, destaca que la utilización del método socrático está lejos de la falsa modestia de la que hacía gala el maestro de Platón, precisando que sólo se trataba de un paso más en la búsqueda de la verdad, pero no un fin en sí mismo. Por eso, dice Cicerón, que Arcesilao utiliza el método de Sócrates no para establecer su teoría sino para discutir y criticar las de los demás43.

Siguiendo el curso de la argumentación de Cicerón, Carnéades es el continuador del escepticismo. Carnéades fue el más fiel seguidor de las doctrinas de Arcesilao y del escepticismo académico. Ya entre los antiguos era considerado como el fundador de la llamada Nueva Academia44 -aunque no todos coinciden en esta clasificación-, y depositario de una vastísima cultura «nullius philosophiae partis ignarus est»45. Su filosofía, igual que la de Arcesilao, está determinada por el estoicismo46, por eso es normal que dirija sus ataques contra la posibilidad formal del conocimiento que defienden los estoicos en su doctrina47. De ahí, que Carnéades desarrolle, como ningún otro, el aspecto negativo, la parte destructiva que tiene el escepticismo académico ya que utiliza el material empleado y recogido en la filosofía de Crisipo contra los propios estoicos. Esta es la única línea escéptica que reconoce Cicerón en la filosofía griega.

Por la misma razón, este último cree que Arcesilao es el creador de la _poc_ escéptica: la suspensión del juicio, que se produce cuando no existen razones, en pro o en contra, que sustenten una afirmación o negación. Así, en la exposición que hace Lúculo en las Académicas afirma, al tratar de las doctrinas de Antíoco, que estaban en contra de las teoría de la Academia de Arcesilao, que para los académicos no existe la posibilidad de distinguir el conocimiento verdadero del falso, y que esto les lleva a la suspensión del juicio48. Todavía aparece otra justificación más palmaria de la adscripción de la «suspensión del juicio» a la academia, pues no es gratuito que Cicerón termine su libro con una alabanza hacia ella. En este caso es Catulo el que ante la imposibilidad de que haya algo que pueda aprehenderse y percibirse afirma que aprueba la suspensión del juicio49. Después de esta pregunta, Hortensio reflexiona sobre todo lo dicho en el diálogo y responde: «Tollendum». Esta frase queda incompleta, aunque su sentido puede ser comprendido si lo reconstruimos teniendo como base la sentencia de II, XVIII, 59, en donde aparece «tollendus adsensus est», «ha de eliminarse el asentimiento»; creemos legítimo inferir, a partir de aquí, que en la respuesta que da, «Tollendum», se puede entender elípticamente esse adsensum: es decir, que debe eliminarse el asentimiento, por lo que dice Cicerón para terminar: «esa es sentencia propia de la Academia» (nam ista Academiae est propia sententia). Parece, pues, clara la adjudicación de la teoría de la suspensión del juicio a Arcesilao, a quien califica de revolucionario porque cambió la filosofía que ya estaba establecida; pues, ninguno de sus predecesores había dicho que el hombre no puede opinar nada: «Jamás alguno de sus predecesores había no ya expresado, sino ni siquiera dicho que el hombre no puede opinar nada; y que no sólo no puede, sino que así es obligatoriamente para el sabio; a Arcesilao le pareció esta sentencia tanto verdadera como honrosa y digna del sabio»50.

No obstante, esta idea de Cicerón no está tan clara. Diógenes Laercio trastorna este asunto, cuando atribuye la teoría de la suspensión del juicio una vez a Pirrón51, y otra a Arcesilao52. La situación adquiere mayor complicación si le añadimos un dato más: Pirrón (365-360 a.C. al 275-270 a.C.) y Arcesilao (315 a.C. al 241/240 a.C.) fueron casi coetáneos y ninguno dejó nada escrito; lo cual conduce, sin remedio, a conjeturar hasta las posibles influencias que cada uno de ellos pudo ejercer en el otro53. Nosotros hemos podido constatar que tanto Sexto Empírico como Diógenes Laercio creen encontrar alguna influencia de Pirrón de Elis sobre Arcesilao54. Ciertamente, el problema de la epoch_ es complicado. Los mismos estoicos recomendaban, con matices, la «suspensión del juicio», ante aquello que sin verosimilitud, fuese opinable para el sabio. Arcesilao, casi con seguridad, generalizó este término estoico55 y lo convirtió en el emblema del escepticismo. Es posible que así ocurriera con el término específico, pero no con el significado que tiene. Es decir, Pirrón observa que, ante la indiferencia de las cosas, el hombre queda sin opiniones, sin juicios, afirmando de cada una de ellas «no más es que no es», realizando un acto de suspensión _p_cw sobre ellas. Por tanto, entendemos que la suspensión del juicio, de ser atribuida a alguien, debería serlo a Pirrón, aunque reconozcamos a Arcesilao la creación del término concreto. A pesar de todo, tanto en el caso de Pirrón como en el de Arcesilao tenemos que juzgar por aquellos testimonios que dejan sus discípulos y, en ningún caso, son definitivos.

Así pues, la opinión de Cicerón sobre Pirrón viene siempre referida a sus presupuestos éticos. Cuando en las Académicas Cicerón nombra a Pirrón, lo pone en relación con Aristón de Quíos, un estoico, discípulo de Zenón que se ocupa principalmente de la ética56. Esta actitud ética sería insuficiente para que calificásemos como escéptico a Pirrón, al no existir ningún planteamiento del problema de la posibilidad o imposibilidad del conocimiento. Cuando Cicerón nombra a los pirrónicos en los textos57, proporciona dos noticias al respecto: una, su afinidad con otras escuelas como la de los erítreos o los megáricos; y dos, la afirmación de que las teorías filosóficas de Pirrón se habían perdido por falta de sucesores58.

Con respecto a la primera cuestión, es significativo que esta relación entre pirrónicos, erítreos y megáricos también aparezca en Séneca. En una de sus cartas, realiza cierta identificación entre los seguidores de Pirrón y las escuelas erítreas, megáricas y académicas. Esta afinidad viene explicada en el texto por la afirmación de que todas ellas se ocupan «más o menos acerca de la misma cosa», siendo los académicos, a juicio de Séneca, responsables de haber creado una nueva ciencia: no saber nada: «Más o menos acerca de la misma cosa se ocupan los pirrónicos, megáricos, erítreos y académicos, los cuales han creado una nueva ciencia (qui novam induxerunt scientiam): no saber nada (nihil scire)»59. En Séneca la identificación entre escuelas no es sólo ética como en Cicerón, sino más bien gnoseológica, detalle fundamental para interpretar de manera precisa y justa el pirronismo. Esta diferencia con respecto a Cicerón, afirma Weische60, es un problema de fuentes, mientras Cicerón une la Academia a Sócrates y Platón, y considera a las escuelas dialécticas (Erítreos, Megáricos y Pirrónicos) como desaparecidas, la fuente de Séneca pone a Protágoras y a la tradición eleática como origen de la tendencia escéptica, y coloca a los Académicos al lado de las escuelas menores mencionadas antes por Cicerón.

De la misma forma, la segunda afirmación de Cicerón, de que todas estas escuelas han desaparecido hace ya largo tiempo, también tiene su paralelo en Séneca. Específicamente, Cicerón se refiere en algunos pasajes a la falta de eficacia de las teoría pirronianas y su carencia de seguidores61. Séneca coincide con Cicerón en la confirmación del olvido en el que habían caído las teorías filosóficas de Pirrón, al quedarse sin discípulos que pudiesen transmitir sus preceptos filosóficos62.

¿Cuál puede ser la razón de esta interpretación de Cicerón, que sólo admite en Pirrón el aspecto ético de su filosofía y no hace referencia a los elementos gnoseológicos? El silencio de Cicerón sobre el escepticismo de Pirrón parece mostrar tres cosas:

- Primera, que las fuentes utilizadas por aquél sólo hablan, en lo referente a Pirrón, de problemas éticos: el fin último o el sumo bien63.

- Segunda, que en un clima de polémica como el que vivía la academia, podemos pensar que si no se menciona a Pirrón en relación a problemas del escepticismo, es porque realmente no vieron en él un precursor de este movimiento.

- Y la tercera, que el reconocimiento de una escuela escéptica que se reclama de Pirrón de Elis como su fundador aparece a partir de los trabajos de Enesidemo64, y si Cicerón no los conocía difícilmente podía advertir al «Pirrón gnoseológico» que surgió con tanta fuerza a raíz de la sistematización que hace Enesidemo de su pensamiento. Evidentemente, esta hipótesis, no puede ser demostrada completamente, pero tiene a su favor el hecho de que Cicerón no cita en su obra ni una sola vez a Enesidemo, y si no lo menciona, es razonable pensar que no lo conoce; de ahí que sólo advierta los aspectos éticos de la filosofía de Pirrón. No sería legítimo pensar que Cicerón sólo ve en Pirrón aspectos éticos, porque son los únicos que destacan en su pensamiento; de la misma forma, no sería conveniente afirmar que Enesidemo vuelca su atención en los aspectos gnoseológicos, porque no reconoce aspectos éticos originales. El único peligro es que la reconstrucción de Enesidemo haya sido tan poderosa que haya recreado y fortalecido, artificialmente, la parte supuestamente más débil del pensamiento pirroniano, la gnoseológica. Sin embargo, todos los fragmentos que han sobrevivido de Timón de carácter gnoseológico, apuntan a un fuerte intercambio con su maestro Pirrón. No es razonable hablar de la poca capacidad filosófica de Timón (poeta satírico) y afirmar, a la vez, su eficaz competencia en la creación de una precisa teoría del conocimiento.

El problema de la compatibilidad del testimonio de Cicerón con otros que parecen ligar estrechamente a Pirrón con el escepticismo posterior es uno de los más estudiados por los autores modernos65; pero, creemos, siguiendo a Decleva Caizzi, que, a la luz del material que tenemos sobre Pirrón, es más ficticio que real. En primer lugar, si atendemos a la explicación que hemos dado sobre el desconocimiento de la reconstrucción del escepticismo de Pirrón de Enesidemo, y en segundo lugar, porque la imposibilidad de armonizar la noticia de Cicerón de la desaparición de la escuela con un texto fundamental de Diógenes Laercio66 que construye la sucesión del escepticismo a partir de Pirrón, se resuelve pensando que la sucesión fue construida tardíamente, relacionando al grupo de seguidores de Pirrón y Timón, del cual habla Hipóboto y Soción, con la tradición de la medicina empírica67.

En conclusión, nosotros creemos que esta lectura de Cicerón restringe la figura y el pensamiento de Pirrón, y limita las posibilidades que el pirronismo tiene como movimiento filosófico, a un comportamiento únicamente ético68. Así pues, sólo a partir de Enesidemo, la exacta distinción entre un escepticismo académico que estaba acercándose a actitudes dogmáticas y un escepticismo pirrónico, un pirronismo más radical y auténtico, origina un movimiento que, reclamando a Pirrón de Elis como su iniciador, hace resurgir la disciplina escéptica más o menos continuamente hasta los días de Sexto Empírico. Después de Enesidemo y gracias a la renovación que hace del escepticismo, se puede hablar de los pirrónicos como los representantes genuinos del escepticismo griego.




1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   25


The database is protected by copyright ©hestories.info 2017
send message

    Main page